Tócala otra vez by @MikeMiguelez

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Tócala otra vez, que suene, que los acordes de la partitura recorran cada pared de estas oficinas, cada compás hará vibrar las mesas ya vacías produciendo un leve tintineo al rozar las patas metálicas con el suelo. Los papeles tirados por el suelo, alrededor de la basura desbordada de pelotas repletas de ideas que fueron y ya no lo son, de tachones sin discriminación alguna y de borrones de última hora.

Porque no hay nada como dar vueltas en círculos y que el brief solo sepa bailar alrededor de ti, ni lento ni pegado, ni contigo ni sin ti. Demostrando quién puede más, mareando la perdiz, lanzando la piedra y escondiendo la mano. Jugando a los trileros con las neuronas y sacando la lengua en el último segundo, justo antes de que suene la campana, para dejarte ese amargo sabor de boca sólo por un día más.

Tócala otra vez, coges lo primero que pillas y haces percusión con ello. Marcas el ritmo con el bolígrafo, los pies sobre la mesa o la cabeza bajo la silla. Gesto serio y mirada perdida, buscando aquella nota que no llega y necesitas para cerrar la canción. Ya no sabes qué hacer con las manos, ya has rascado en exceso la perilla, has peinado suficiente la barba y lanzaste demasiado lejos la pelota de goma como para levantarte e ir a recogerla. Con varias hojas del cuaderno llenas de dibujos que nada tienen que ver con lo que hoy toca, pero que igual si hubiesen servido para otras veces.

Suena de fondo una guitarra acústica, quizás una Les Paul del 87, un sutil roce de cuerdas melancólicas que hacen perderte entre sus trastes queriendo inhibirte por unos segundos. Sueñas a ser el letrista y compositor de aquel tema, dejándote llevar hasta que la voz irrumpe en la melodía y juegas con las palabras que podría haber pronunciado pero no ha hecho, esta vez no. Con una intensidad pausada, las notas de un viejo saxofón se cuelan por la sala y te mantienen tenso, atento, despierto. Se te eriza el bello de los brazos al escucharlo, la música entra dentro de ti y el vaivén de tu pie golpea a ritmo contra la mesa.

Llegados a este momento te dan igual los mails que entran impulsados en la bandeja de entrada, rechazados automáticamente por tu nulo interés en levantar la mirada hacia el monitor del ordenador. Eres inmune al sonido del móvil, dejaste de hacerle caso tras la cuarta vez que empezó a vibrar. No iba a tiempo, no tenía ritmo. No aportaba en ese momento. Aunque solo sea por casualidad, te fijas en la pantalla encendida y de reojo te das cuenta que hacía horas que deberías haber cogido el tren. Pero ya te da igual.

Tócala otra vez, abres el segundo cajón de la mesa y coges la botella de las ocasiones especiales. Desempolvas el vaso de la última vez con un soplido y echas solo un chorrito sobre él. Tras cogerlo por la zona superior con las yemas de los dedos balanceas levemente el contenido del cristal a la deriva mientras tarareas el estribillo de la canción. Buscas un ritmo al que unirte, pero te das cuenta que hace rato que no suena. Te acercas al tocadiscos, subes el volumen y le das la vuelta al vinilo mientras escuchas un susurro, que sale de tus labios sin darte cuenta, y que te dice: tócala otra vez, Sam.

2 Comentarios

  • Qué bien escribes, CENSURADO. Me ha encantado este pensamiento. Realista, dramáticamente realista.

    • Responder junio 15, 2016

      MikeMiguelez

      Marcos, muchas gracias por leerlo, y por comentar!